¿Para qué? o ¿Por qué?
Y todos los días el “por qué” y “para qué”. Absurdamente dicho, expuesto a la luz de lo absolutamente inaplicable. Pregunta mal hecha, planteamiento que no aporta, y que muestra lo frágil de la estructura que aparentemente lo sostiene. La vida está llena de preguntas estúpidas… ¿la vida? como si “la vida” fuera “algo” o “alguien”; más bien planteamos preguntas inútiles tratando de construir la “vida”. Se nos va la vida. Ya no espero nada de la vida… y ¿es que había que esperar algo? ¿Es acaso que “alguien” o “algo”, aparecerá de pronto para otorgarle valor a la vida? El sentido de la vida se consume en si mismo. NO se trata de encontrarle sentido a la vida, como si tuviéramos que “encontrar algo”, un “algo” que no tiene forma y que alimenta esperanzas o ilusiones que nunca se cumplirán, porque son solamente productos mentales que habitan en el mundo de la esperanza… el anhelo… y al no darse, presentarse, cristalizarse; se convierten en melancolía. Vivimos en la melancolía de lo irrealizable.
Por eso digo: la vida tiene sentido viviéndola, si queremos encontrarle un sentido a la vida tenemos que conocerla; y la vida pertenece a la magia de lo efímero, por lo tanto solamente se conoce viviéndola. Nada existe sino en el presente, y desde el aquí y ahora puedo recorrer el tiempo-espacio-movimiento.
La vida tiene sentido por si misma. Otorgarle sentido, es ajustarle una mentira; mentira que es necesaria para suplir el vacío existencial que provoca el no admitir que la vida es simplemente la experiencia físico-corporal-cognitiva-emocional-trascendente de la experiencia humana. No es sino hasta la muerte que puede otorgársele un sentido a la vida… es en ese preciso momento, al morir, en el que la experiencia vivida cobra valor; preparar una muerte digna es vivir con sentido.
¿Por qué o para qué hago lo que hago? ¿Para obtener dinero? ¿Para obtener reconocimiento? ¿Para que me lo agradezca alguien? ¿Para quedar bien con alguien? ¿Para ser alguien? ¿Para tener éxito? ¿Porque alimento mi ego? ¿Porque me valido por lo que hago? ¿Soy lo que hago? Cualquiera que sea la respuesta que se afirme, siempre existirá una pregunta posterior que será: ¿Y… para qué? De manera que surgen cuestionamientos como: ¿Para qué obtener dinero? ¿Para qué obtener reconocimiento? ¿Para qué quedar bien con alguien? ¿Para qué ser alguien? ¿Para qué tener éxito? Y de nuevo cualquiera que sea la respuesta… la pregunta de nuevo sería: ¿Para qué…? y luego el para qué, del para qué, y así, infinito. Porque detrás o enfrente del “para qué o el por qué”, siempre habrá un sustituto ilusorio, un deseo quimérico, una angustia inconclusa, una imagen desgastada, una palabra susurrante, un temblor calido de ansiedad oculta, una incertidumbre escondida en alguna neurona, un dilema que resolver, un “algo” que simplemente estará ofreciéndonos una respuesta frágil, cambiante, mutante de acuerdo a las circunstancias y a la gente que nos rodea.
Por eso digo… tengo que seguir viviendo para aprender de la vida su verdadera esencia, de manera que al final de mi camino pueda descubrir el sentido de mi vida. No antes, no ahora, sino al final; ese es el reto, ese es el camino, esa es la razón para vivir, vivir para que mi muerte tenga un sentido.
Carlos Robles Cruz © Copyright, 2007



