El simbolismo de Maurice Maeterlinck
Las aportaciones al Drama Simbólico otorgadas por Maurice Maeterlinck (1862-1949), son sin lugar a dudas fundamentales en la creación de otros movimientos artísticos iniciados en la primera mitad del Siglo XX, como lo son el Surrealismo y el Existencialismo, quienes absorben algunos de los elementos del Simbolismo, al mismo tiempo que desarrollan por si mismos, sus propias características que los definen.
Para algunos estudiosos de la vida y obra de Maeterlinck, el desarrollo de su trabajo literario se encuentra estrechamente ligado a los diferentes acontecimientos de su vida. Tal situación, nos permite acercarnos a su obra y su persona de manera conjunta.
W. D. Halls, en su libro Maurice Maeterlinck: A Study of his Life and Thought (1960), comenta que la vida y trayectoria de Maeterlinck podría separarse en varios periodos. El primero corre hacia 1890, cuando Maeterlick recibe su primer éxito como escritor. En ese tiempo Octave Mirbau escribió para Le figaro, una crítica sumamente positiva acerca de La Princesse Maleine, de Maeterlinck. En esa nota escrita por Mirbau, el trabajo de Maeterlinck es comparado, he incluso colocado por encima de lo mejor de Shakespeare. Por ese tiempo, Maeterlinck había publicado dicha obra con sus propios medios y le había regalado un ejemplar a Mallarmé, poeta Simbolista a quién conoció en Bélgica. Dicho acontecimiento fue decisivo en la vida de Maeterlinck, quién ha partir de ese momento se alejó definitivamente de su carrera como abogado y se dedicó por completo a escribir.
Una segunda etapa la abarca el periodo en el que vive con Georgette Leblanc. Su genio literario baja en producción y se traslada a vivir a Francia en 1897. Hacia 1898 escribe La sabiduría y el destino, trabajo que le devuelve el ánimo.
En el año de 1911, el Premio Novel le es asignado. Se marca otra etapa en su trabajo literario y su participación en el teatro. Es por esos años que rompe su relación con Georgette Leblanc, para después casarse con Renée Dahon. De esta forma da inicio una nueva fase de su vida.
Los problemas de la Segunda Guerra Mundial lo empujan al exilio en America en el año de 1939. Finalmente, diez años después muere en Venecia un 6 de mayo, a la edad de 87 años.
Con Maurice Maeterlinck, tenemos el inicio y el fin del Simbolismo. Sus reflexiones sobre la muerte y el lado oculto de la vida lo acompañaron siempre, y se encuentran, de alguna manera, inmersas en sus obras. De su primera producción destacan: La princesa Maleine (1890), La intrusa (1890), Los ciegos (1890), Pèleas y Melisenda (1892), Aladino y Pálomides (1894), Interiores (1894), y La muerte de Tintagiles (1894). También los ensayos: La sabiduría y el destino (1898), y La inteligencia de las flores (1907).
Maeterlinck trasladó el simbolismo poético al teatro, integrando su personalidad Flamenca, junto con su forma ascética de ver el mundo, de la que se desprende una incesante búsqueda acerca de lo oculto y lo desconocido. El lado espiritual de Maeterlinck fue influenciado seriamente por Villieres de L´Isle Adam, a quién conoció en Paris, al inicio de su carrera dentro del Simbolismo.
Para Maeterlinck, las tinieblas tienen el mismo valor que la luz del día; los acontecimientos esenciales de nuestra vida física y moral no se dan solamente en el espacio de la luz. Muchos son los secretos que esconde el alma humana, por lo que la felicidad y la justicia asomarán su rostro cuando seamos capaces de descubrir la íntima verdad del universo.
El aparente "fatalismo" del que se acusa a Maeterlinck, por rodearse de la muerte como tema de sus trabajos y como reflexión durante su vida, surge de la falta de comprensión de su pensamiento filosófico y sus intereses de estudio. Para él, la existencia humana no está sujeta al destino; cada uno de nosotros encuentra en la vida lo que quiere encontrar.
En su libro La sabiduría y el destino (1898), Maeterlinck comenta que si subimos por la ladera de una montaña al anochecer, mientras subimos, parecerá que perdemos la ciudad, y que en su lugar solamente quedan algunos puntos de luz; árboles, caminos, casas desaparecen. Sin embargo, allí están, y los pequeños puntos de luz que contemplamos, aún en la noche más oscura, son lugares habitados en donde el espíritu de la gente que los habita, no se pierde. Cada quién recoge pues lo que quiere recoger. Jamás se le ha presentado una ocasión heroica al que no es héroe, porque éste no la reconocería.
Esta forma de acercarse a la vida, está presente en el trabajo de Maeterlinck. El lado oculto de las cosas se manifiesta en sus obras mostrándonos la influencia de éstos fenómenos, dentro de nuestra realidad física. De esto se desprende la idea de que podríamos ser capaces de conocer la naturaleza de dichas fuerzas, e incluso interactuar con ellas.
En obras como: La intrusa (1890), Los ciegos (1890), e Interiores (1890), Maeterlinck coloca a sus personajes en el espacio y tiempo propicios para el encuentro con otras realidades. En La intrusa, la familia aguarda pacientemente afuera de la habitación de una madre enferma. En la pequeña estancia se encuentran las dos hijas, el esposo, el abuelo (quién esta ciego), y la sobrina. Mientras las velas se consumen iluminando el cuarto, se escuchan pasos, pareciera la llegada de la enfermera, sin embargo nadie llega. Pocos minutos después, el ciego abuelo presiente la entrada de alguien a la habitación. Agudizando sus sentidos nota que alguien esta sentado en alguno de los sillones de la habitación. Nadie ve algo, nadie nota algo, solamente expresan una vaga sensación de extrañeza e incomodidad. Sin embargo, el abuelo es capaz de percibir la llegada de la Muerte. Finalmente, como un presagio, se escucha el llanto de un bebé en una de las habitaciones. La madre, quién había quedado en mal estado después del parto, muere.
La intrusa, de Maeterlinck, es una obra que demanda de una atmósfera muy particular. Sombras que se mueven con el titilar de las velas, silencios, voces en medios tonos, palabras entre cortadas, sonidos producidos por la respiración y el movimiento de los cuerpos, frío, intimidad, misterio.
En Los ciegos (1890), Maeterlinck coloca a un viejo clérigo llevando de paseo a un grupo de ciegos. El bosque es el espacio abierto al encuentro con las fuerzas ocultas. De pronto, el viejo guía muere y los ciegos se quedan a la deriva, en medio del bosque. El terror ronda. Los ciegos, solos y desesperados, presienten la llegada de un ser misterioso: la Muerte. Variadas son las interpretaciones que se han hecho de esta obra. Para algunos el viejo clérigo, simboliza la muerte de la fe, o de la esperanza. Para Halls (M. M.: A study of his life and Thought, 1960), dicha muerte simboliza la muerte de la iglesia, la religión o incluso Dios mismo.
Interiores (1890), de Maeterlinck, es una obra maestra del suspenso, envuelta en una atmosfera casi sofocante. Por la tarde, una familia descansa plácidamente en su hogar. La hija ha salido ha jugar al bosque y todos la esperan para cenar. Afuera una pareja habla sobre los últimos sucesos en el pequeño pueblo; el cuerpecito de una niña ha sido encontrado en el río. Mientras esto sucede un grupo de personas se acercan cargando un pequeño cuerpo. En un mismo instante, nos encontramos envueltos en más de tres niveles del discurso escénico. Por un lado, la familia sin sospechar nada disfruta de la tarde; afuera a unos metros de distancia un grupo de gente sostiene un cuerpo, sin que alguno de ellos se atreva a tocar la puerta para dar la fatídica noticia; entre tanto, dos extraños observan los acontecimientos, sin ser vistos; el público se integra en otro nivel, constituyéndose como testigo viviente de la muerte.
Ricard Salvat, en su libro Historia del Teatro Moderno (1981), menciona que "Maeterlinck es el hombre que dialoga con el misterio", para él, Maeterlinck regresa al hombre a la naturaleza, creyendo que en ella existe la justicia fundamental cuando el ser humano esta en armonía con el universo. En este sentido, la naturaleza no es solamente el plano físico de las cosas, sino que incluye también lo que el ser humano no es capaz de mirar o de escuchar cotidianamente.
Su primer período de actividad abarca desde sus primeros poemas, hasta el año de 1911, cuando le es asignado el Premio Novel de Literatura. Sin duda alguna, es en este lapso de tiempo cuando Maeterlinck hace sus mejores contribuciones al Simbolismo. En sus primeras obras podemos notar como su inclinación hacia las ciencias ocultas y el esoterismo lo llevaron a conceptualizar la muerte como un encuentro con la paz. De su búsqueda de la verdad y el amor, se desprendió su pensamiento en relación al destino, mismo que puede ser quebrantado, por la voluntad y las acciones de los seres humanos.
*Carlos Robles Cruz, copyright 2008
Este artículo tiene derechos de autor a nombre de Carlos Robles Cruz, pues forma parte del contenido del libro "Breves del Teatro" próximo a publicarse por Editorial Uruz.



























































